En el valle de Nyalam apenas vive gente. Está a 4.000 metros de altitud y camino del monte Shisha Pangma, hay grandes extensiones de tierras pantanosas, colinas de piedra caliza y muchas cuevas. El camino es de piedras y en otoño los ríos crecen tanto, con la nieve derretida que baja de las montañas, que desbordan dejándoles incomunicados. También, en medio del verano, las tormentas de nieve que se desatan en las cumbres suelen cerrar el paso, y en invierno el hielo se instala en el valle. En primavera, a veces, pasa alguna expedición de montañeros; una vez se pararon en el pueblo y sin que tú pidieras nada, con solo mirarles, te dieron una gorra de lana y unos guantes.

Aunque tu imagen era de esas que no se olvidan nunca, el tiempo la borró, sin saber como. A veces pasa que cuando algo duele mucho no puedes o no quieres acordarte, pero lo más triste del dolor es que no sirva para nada. Eras uno de los miles de niños abandonados en la calle, posiblemente tu familia también sufrió por tener que abandonarte y no se trata de esparcir dolor inútilmente. Si hacer llegar tu foto a otras personas, puede ayudar a hacernos reconocer y apreciar lo mucho que tenemos y tal vez, sin culpabilidades y en la medida que seamos capaces, nos decida a compartirlo, tu dolor no habrá sido inútil.
Entre la niebla que envolvía aquel bosque de robles húmedo y verde, salió una anciana encorvada por el peso de la leña que llevaba a la espalda. Detrás suyo ibas tú, encogido y muy ocupado en sacar del hatillo -sin que ella se diera cuenta- uno de aquellos palos que se balanceaban al paso de la abuela. Cuando lo conseguiste, te pusiste a correr y saltar como si te hubieran dado cuerda. Con tu nuevo juguete salpicabas en los charcos, hacías bailar las hierbas y a la entrada del pueblo le sacudiste a una gallina, que salió cacareando y con unas plumas menos. Te quitaron el palo, pero al poco tenías una piedra. Si hubiera escuela en el pueblo ¡cuanto mejor sería para todos!
Estabais amontonados en una esquina de la plaza del Jokhang, a la derecha del templo. Formabais un paquete de bultos y personas, correas, trapos, cuencos de mendicante. Erais peregrinos. Los meses de viaje y polvo del camino os habían cubierto de una capa de mugre, rasgada solo por las risas que estabais haciendo. Cuando cogí la cámara para hacerte una foto, la mujer sentada a tu lado me dijo con la mano que esperara. Pausada y concienzudamente te lamió la cara, las orejas, el cuello, la cabeza; desenterró del fondo de una bolsa el jersey rojo, te colgaron los escapularios de toda la familia y una de las mujeres sacó de un pañuelo, el broche que llevas puesto. ¿Que darían para que pudieras estudiar?

Cuando brillaba el sol, Boudhanat se llenaba de turistas. Gente extraña, eran grandes, muy limpios y lo miraban todo. Algunos se acercaban y soltaban monedas desde lo alto, otros se alejaban como con miedo o asco. Siempre estaban de paseo o comiendo o bebiendo cosas estupendas, y pegado a la cintura llevaban bolsas repletas de dinero. Pero lo más fascinante eran aquellas tapaderas oscuras que llevaban en los ojos. Desde el suelo tú los observabas embelesado, debía ser estupendo ser turista y aquel día, lloraste tanto por querer ser como ellos, que tu madre mendiga acabó comprándote unas tapaderas rojas de papel. Pero algo no funcionaba, porque el suelo seguía siendo duro y hacía frío y tú tenías hambre.

Habías bajado desde la montaña con tu hermano y tu madre, muchos días andando. Pero ese sitio nuevo era estupendo, lleno de gente rara, algunos se paraban y os echaban monedas, tu madre las contaba por la noche y cuando os tapaba con la manta para dormir, en aquella esquina de la calle, decía que iba a comprar zapatos para todos cuando acabara el verano y volvierais al campo de refugiados donde estaban tu padre y tus otros hermanos. Hoy estabas feliz porque tu madre os había comprado unas tapaderas para los ojos, parecidas a esas negras que llevan los turistas y que brillan tanto.
Había sido un golpe de suerte, tu madre dormitaba rendida hasta la hora de volver a la tarea. Como cada día habíais llegado al mercado al amanecer, para que ella pudiera trabajar descargando de los carros los sacos de comida. Por la tarde, cuando cerraran los puestos, cargaría de nuevo a los carros los sacos con la mercancía restante y volveríais a casa con un poco de arroz, de verduras, o de lo que quisieran daros. Pero en ese intervalo, el sol daba de pleno y en el suelo, apenas a unos metros de tu trapo, habías descubierto, brillando entre los sacos vacíos dos espléndidos y dorados cacahuetes. ¡Como brillaría la luz de tus ojos si alguien te ayudara!
Si hay alguien a quien le gusten las zanahorias ese es Jigme. Le importa poco que aún queden rastros de tierra en las rendijas, las raspa despacito con las uñas, luego las chupa, escupe si aún queda algo de polvo y después las engulle pausadamente, como si estuviera haciendo algo importante. Algunos días de fiesta acompaña a sus padres hasta el invernadero, cuando van a regar. El corre entre las huertas y chapotea en el agua de la acequia. Cuando sea mayor trabajará la tierra y plantará campos enteros de estupendas zanahorias. Aunque si todo va bien con el invernadero, tal vez en unos años se construya la escuela.



Texto y fotos: Begoña Zanguitu
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